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Historia

La historia de los Manetti

I/XV

Todo empezó en Florencia en el siglo XVI, en pleno Renacimiento. En la Toscana gobernaban los Médicis, que comisionaban importantes obras de arte para celebrar su propio prestigio. Fueron los años en que se finalizó la Galería Uffizi, se construyó el Forte Belvedere, en que Giambologna embellecía la Piazza della Signoria y Vasari convertía al artesano en artista. Fue el periodo en que en cada obra se estudió su armonía y elegancia: la perfección era el objetivo de cualquier actividad. Florencia estaba en un gran fermento político y económico y en aquel momento era una de las ciudades más importantes del mundo: banqueros con filiales en todos los rincones de Europa, comerciantes experimentados con capitales inmensos y nobles con patrimonio secular eran el tejido social florentino. Y así fue como, traído por el mecenazgo de los Médicis, el arte se convirtió en un instrumento de marketing y promoción del buen nombre las familias de la Florencia pudiente y de sus actividades, una pasión y a su vez un medio para hacer gala del propio prestigio. Por eso cada día se comisionaban nuevas obras de arte y Florencia estaba en plena renovación cultural, una renovación de la que participaron todas las familias florentinas, entre ellas la de los Manetti.

Los primeros Manetti

II/XV

La historia de la familia que ha llegado hasta nuestros días empieza con Matteo Manetti, cuya vida transcurrió entre los siglos XV y XVI. Sabemos que vivió junto con sus hijos y nietos en Quinto, un arrabal de la campiña florentina, a pocos kilómetros de la villa La Petraia, propiedad de los Médicis. Por desgracia no se dispone de más información sobre él, ya que los primeros registros bautismales disponibles son posteriores al 1580. Solo sabemos que tuvo dos hijos, Antonio y Agostino, con poca información al respecto por el mismo motivo. Serían sus herederos Matteo y Paolo, hijos de Antonio, y Matteo, hijo de Agostino, los que sentarían las bases para el nacimiento de lo que hoy conocemos como Giusto Manetti Battiloro.

Matteo Manetti

III/XV

Los Manetti, a diferencia de lo que se podría pensar, no se desarrollaron como fabricantes de láminas de oro, sino como decoradores, doradores y orfebres. De entre ellos, el más importante fue Matteo, hijo de Agostino, mencionado aún en los libros de historia como uno de los orfebres italianos de finales del siglo XVI. Homenajeado a lo largo del tiempo por diferentes estudiosos, entre ellos Bruno Bearzi, Matteo inició su carrera en Florencia, en el famoso taller de Francesco di Jacopo de Émpoli. Una vez completada la formación, se mudó a Roma, la ciudad eterna, donde la basílica de San Pedro era una gigantesca obra abierta, llena de pintores, doradores, escultores, ingenieros y arquitectos. Allí Matteo se distinguió por sus capacidades como orfebre, trabajando junto con un tal Battino Bologna en la esfera de oro que culmina la cúpula de Miguel Ángel en San Pedro en el Vaticano. Fue tanta la reputación que ganó a raíz de ese proyecto que, cuando en 1602 un rayo fulminó la esfera de oro de la cúpula de Santa Maria del Fiore, convocaron urgentemente a Matteo para que acudiese a Florencia. Presentado como uno de los mejores orfebres del momento por el arquitecto de la Opera del Duomo Alessandro «Bronzino» Allori, y tras haber ganado la selección frente a otros orfebres, Matteo accedió a restaurar la esfera que era símbolo de la ciudad, a pesar de las dificultades por tratarse de un trabajo muy peligroso, sobre todo por la exposición al humo de mercurio (el sistema de dorado para metales que se utilizaba en la época). El 18 de septiembre de 1602, al cabo de solo un mes, la esfera ya estaba terminada y los obreros de Santa Maria del Fiore y los delegados del Gran Duque de Toscana, tras haber examinado la restauración llevada a cabo por Matteo, lo nombraron Orfebre de la Opera. Fue el primer reconocimiento oficial que recibía un Manetti y el inicio de una gran historia.

El nacimiento del taller Manetti

IV/XV

No se sabe si Paolo y Matteo, hijos de Antonio, lograron hacerse con proyectos tan importantes como los de su primo, pero a diferencia de Matteo el orfebre, tuvieron el mérito de transmitir los secretos del oficio a sus hijos. Fue el caso de Maestro Antonio, hijo de Paolo, que no solo obtuvo el título de maestro, sino que probablemente trabajó en la reestructuración y el embellecimiento de la villa La Petraia de Lorenzo de Médicis. La actividad del taller prosiguió con el hijo, Matteo, nacido en 1602 y llamado así en honor al primo que, desde Roma hasta Florencia, daba tanto prestigio al apellido de la familia. Matteo, como su padre, se convirtió en maestro y, a continuación, trabajó para la familia Médicis. Las relaciones entre los Manetti artesanos y los Médicis clientes se desarrollaron mucho, tanto que, en 1633, Lorenzo de Médicis fue el padrino de bautismo del hijo de Matteo, al que le dio su nombre: Lorenzo Manetti. Matteo fue el fundador del primer taller Manetti.

Desarollo

V/XV

Las fuentes históricas se remontan a principios del siglo XVII y hablan de un taller de doradores, decoradores y batihojas, todos de la misma familia, como era tradición en Florencia. De hecho, en aquellos siglos había mucha demanda de obras de arte y muchas familias estructuraron sus talleres como si fueran verdaderas cadenas de montaje. Fue famoso el caso de Botticelli, del cual se dice que trabajó como pintor en el taller de doradores del hermano. Volviendo a los Manetti, muy probablemente la actividad naciera ya algunos años antes y, sobre la estela de una Florencia enamorada del arte y de la belleza, el taller vivió sus mejores años. En esas décadas, la mayoría de los Manetti se mudó a Santo Stefano in Pane, un barrio justo fuera de los muros de la ciudad, lo que documenta el desplazamiento de la actividad, supuestamente por una mayor demanda por parte de los clientes de la ciudad. Además, algunos nietos del maestro Matteo acudían a la Accademia del Disegno, fundada en 1563 y patrocinada por Miguel Ángel, ampliando así la oferta del taller, que entonces también integró la pintura. Eran los últimos años del siglo XVII.

La crisis del arte en Florencia

VI/XV

Los últimos Médicis regentes, Fernando II, Cosme III y Juan Gastón de Médicis, solo fueron capaces de fomentar políticas de cierre de comercios, de inversiones artísticas y de relaciones con el exterior: era el final de la dinastía de los Médicis. En un contexto como aquel, en la Florencia de la época, el taller vivió años difíciles. Mientras tanto, en Europa viajaban continuamente hacia el Nuevo Mundo, convertido en fuente de grandes oportunidades económicas. Así, en el siglo XVIII, el maestro Niccolò Manetti era el principal motivo de orgullo para la familia. Nieto del maestro Matteo, Niccolò, en 1732, fue nombrado cónsul de la Accademia del Disegno, un cargo muy importante para los artistas de la época. Mientras tanto, los Manetti no vieron aumentadas las demandas en su actividad. Hacia mediados del siglo XVIII, la familia y el taller se mudaron a San Lorenzo, el corazón artesanal de la ciudad, y muchas mujeres Manetti trabajaron de tejedoras, demostrando un trabajo familiar venido a menos que requería nuevos ingresos.

las revoluciones

VII/XV

La Revolución Francesa, la Europa de Napoleón y la Revolución Industrial: ese fue el cambio que Europa estaba esperando. En un mundo rápidamente cambiante, la ruptura de los viejos esquemas políticos y sociales y la evolución de las estructuras productivas a través del uso de las nuevas tecnologías lograron volver a encender los ideales y los ánimos de las personas. En aquellos años tan movidos y dinámicos para toda Europa, el taller de la familia vivía en una Florencia apenas tocada por los grandes cambios y no lograba desarrollarse. La gestión de la actividad estaba en manos de Salvatore Domenico Manetti (1753-1816) que, en aquella inmovilidad florentina, comprendió que no podían perder el tren de lo que ocurría en Europa. Por ese motivo, envió a su hijo Luigi (1791-1855) de viaje al centro de aquellas novedades.

Luigi Manetti

VIII/XV

Luigi, del 1811 al 1816, viajó por Europa (España, Italia, Francia y Prusia) y volvió a casa con un gran conocimiento de los cambios que se producían en el mundo. Al principio, durante algunos años, trabajó como batihoja en el taller familiar con su hermano Giuseppe, dorador de profesión, y luego decidió que había llegado el momento de evolucionar. Así, en 1820, Luigi adquirió un taller en pleno centro de Florencia y cambió para siempre el destino de la familia. Determinado por la calidad de la hoja de pan de oro propia, creó una marca de verdadero éxito: Giusto Manetti Battiloro. El nombre de la marca, elegido en honor al primogénito recién nacido, Giusto (1818-1890), dio sus primeros pasos en una Florencia muy activa, especialmente por las ideas de independencia que tanto animaban en aquel momento la política italiana. Luigi, en la gestión del nuevo taller, comprendió rápidamente la importancia de invertir en la modernización de la producción y de dar a la actividad un carácter más industrial. El surtido año tras año empezó a dar rédito y la calidad y la productividad también siguieron mejorando, como demuestran las cuentas fiscales del gobierno de la ciudad.

El Risorgimento italiano

IX/XV

Con la entrada del hijo Giusto (1818-1890), la empresa volvió a innovar el procesado introduciendo la mecanización de la fase de laminación, que permitía disminuir aún más el espesor de la hoja mejorando la calidad y reduciendo los tiempos de producción. Estas novedades industriales llegadas a la empresa permitieron a Giusto alcanzar la segunda mitad del siglo XIX con un beneficio neto respecto a la competencia local, que se quedó en una dinámica simple de taller. En la Primera Exposición Nacional de 1861, celebrada en Florencia, se premió a la Giusto Manetti Battiloro con la medalla al mérito por la calidad de sus hojas de pan de oro. La muestra señaló un paso fundamental para la evolución de la empresa, mérito también de Florencia, que desde hacía poco era capital de Italia y vivía años de profundas transformaciones arquitectónicas. Avenidas, plazas, villas, palacios, ministerios. Parecía que había vuelto el fervor del siglo XVII. Volvieron los grandes pedidos y la Giusto Manetti Battiloro, respecto a la competencia, era la única que seguía el ritmo que marcaban los tiempos. Fueron años de gran crecimiento para la empresa y las Manifestaciones Nacionales con las que se celebraba la tan combatida y deseada unidad de Italia siguieron premiando las prestaciones de la hoja Manetti: primero en 1881 en la Exposición Nacional en Milán, luego en 1884 en la Exposición General Italiana en Turín, la hoja de pan de oro de Manetti Battiloro recibió la medalla de bronce por su calidad.

Los mercados europeos

X/XV

Los años siguientes se caracterizaron por una Europa que vivía un periodo de grandes sueños, profundas ilusiones y fe ciega en el progreso: eran tiempos de la Belle Époque. En aquellos años, el hijo de Giusto, Adolfo Manetti (1855-1926), asumió el mando de la empresa y, gracias a las nuevas tecnologías generadas por la segunda revolución industrial, como los martillos automáticos, convirtió definitivamente la empresa en industria. Los trabajadores llegaron a ser una centena, la producción se desplazó a la fábrica de Via Ponte alle Mosse y la nueva capacidad productiva logró satisfacer a una clientela más amplia: la marca Manetti, por primera vez en su historia, llegó a los mercados europeos. Luego, como sucedió en todas las industrias europeas del momento, tuvo que cerrarse de repente.


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Los primeros martillos automáticos

La Gran Guerra y el renacimiento del mundo

XI/XV

Mano de obra llamada a filas, reducción de pedidos y fronteras cerradas. Estalló la Primera Guerra Mundial. Durante aquellos años, el hijo de Adolfo, Giusto Manetti (1891-1961), llamado así en honor a su abuelo, también se enroló en el ejército como Teniente de Caballería de los Lanceros de Mantua. A pesar de ser un oficial de complemento, Giusto decidió bajar al campo de batalla como el resto de soldados, distinguiéndose rápidamente por su coraje. En 1915, en la batalla de Monfalcone, lo hirieron varias veces hasta que fue capturado por el ejército austriaco: durante dos años fue prisionero de guerra en Mauthausen. De vuelta a Florencia en 1918, con la Cruz al Mérito de Guerra y la Medalla de Plata al Valor Militar, tomó las riendas de la empresa con una gran determinación y capacidad. Junto a su cuñado Guido Macchia, volvió a innovar la producción, triplicó los trabajadores, que en pocos años pasaron a ser casi 300, y exportó los productos de la empresa a los cinco continentes. Gracias a su actividad, las hojas de pan de oro de la Giusto Manetti Battiloro relucían en los edificios y monumentos más importantes: desde el Rockfeller Centre de Versalles hasta el Kremlin o el Palacio de Buckingham. Por los resultados obtenidos, su gestión empresarial permanece en los anales de la Giusto Manetti Battiloro, sobre todo porque ocurrió en la primera posguerra, uno de los periodos más difíciles de la historia italiana.

La Segunda Guerra Mundial y la reconstrucción

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Durante la Segunda Guerra Mundial, la empresa volvió a vivir momentos especialmente difíciles. En primer lugar, la mano de obra disminuyó considerablemente por la llamada a filas obligatoria, también para Giusto como oficial superior de caballería. En segundo lugar, el 2 de julio de 1944, la fábrica, probablemente convertida en depósito de mercancías del ferrocarril de Porta al Prato, fue totalmente destruida por los bombardeos de los aliados. La reconstrucción fue larga y duró dos años, pero gracias a la ayuda de los hijos (Lapo y Fabrizio) y de los empleados, en septiembre de 1946 se pudo volver a iniciar la producción de hoja de pan de oro.

La consagración de una pasión

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Durante la segunda posguerra, los hijos de Giusto empezaron a trabajar en la empresa. Lapo inventó y desarrolló el sector de la impresión en caliente, Fabrizio reforzó aún más la impronta de la empresa en el ámbito mundial y Francesca, nacida en 1938, innovó la gestión administrativa e introdujo nuevos controles de gestión. Mientras, a Giusto lo solicitaban y reconocían por todo el mundo por su gran competencia en hoja de pan de oro, como cuando en 1953 el British Museum lo contactó como experto para conocer la degradación de una momia del Antiguo Egipto revestida con lámina de pan de oro. Un tiempo más tarde fue la NASA la que se recurrió a él para recibir asesoramiento sobre la doradura de las ojivas de los misiles espaciales. Giusto murió en 1961 y pocos años más tarde la empresa tuvo que hacer frente a otra dificultad: el 4 de noviembre de 1966, la inundación de Florencia destruyó casi totalmente la fábrica de Via Ponte alle Mosse. Lapo, Fabrizio y Francesca decidieron aprovechar la ocasión para renovar aún más la planta, modernizando la maquinaria, estructurando de una manera más dinámica la gestión empresarial y volviendo a arrancar la actividad de nuevo. Los tres hermanos dirigieron la Giusto Manetti Battiloro hasta el 1996, logrando una facturación de unos 9 millones de euros.

La nueva generación

XIV/XV

Sus sucesores son la nueva generación, formada por Bernardo, Lorenzo, Jacopo, Niccolò, Bonaccorso y Angelica. Con la nueva dirección, la empresa crece –actualmente cuenta con casi 130 empleados y colaboradores–, se rejuvenece –la media de edad de la dirección es de 40 años– e invierte –se abren las sedes de Via Panciatichi y Via Petrocchi, hasta la nueva fábrica de Campi Bisenzio, de unos 8000 m2. Bajo su dirección, el grupo crece, compuesto ahora también por Manetti East y Manetti Iberica, dedicadas a la impresión en caliente, y la facturación total aumenta, alcanzando los 27 millones de euros en 2013.

Una larga tradición de 400 años

XV/XV

En 2002, la nueva generación tuvo la suerte de transmitir el buen nombre de la familia firmando con hoja Manetti y financiando la restauración de la esfera de oro de la Cúpula de Brunelleschi, exactamente 400 años después de la renovación de Matteo Manetti: la muestra de que los tiempos pasan, pero las tradiciones continúan…

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